Y realmente, ¿existe un mercado literario?

                                    Federico Nogara

Uno de los temas más discutidos de los últimos tiempos en todos los rincones del planeta es la situación en que se encuentra la cultura. Las conclusiones distan de ser optimistas, si excluimos las de quienes la pretenden presentar como un mero entretenimiento o un negocio puro y duro. Quienes entienden que la cultura (y el arte) debe servir a la misión suprema de cualquier sociedad, la formación integral del ciudadano, es lógico que estén alarmados. Los demás no, porque como entretenimiento y negocio, la cultura funciona. Basta con observar las mareantes recaudaciones de las películas comerciales, destrozadas por la crítica pero apoyadas por una enorme maquinaria de propaganda, el empeño de las televisiones en formar cantantes y modelos que luego serán contratados/as por cifras millonarias y leer las declaraciones de “popes” de la industria del libro como la catalana Carmen Balcells –quizás la agente literaria más importante del mundo de habla hispana-, quien preguntada por la situación de las editoriales contesta: “mi impresión sobre el mundo editor es muy positiva. La compraventa de editoriales es constante y los grandes grupos abarcan la totalidad de la cultura. Casi todos ganan dinero”. Grandes grupos y buenas recaudaciones de dinero para medir el estado de la cultura, toda una declaración de principios.

Llegados a este punto deberíamos preguntarnos si cuando hablamos de cultura estamos hablando de creación o de negocio. Y más que eso: ¿dónde situamos la delgada línea que separa el producto cultural de la mercancía?
Las dudas, entonces, nos asaltan. ¿Son buenos Shakespeare y Cervantes porque su literatura ha contribuido al aprendizaje del ser humano y a su avance cultural o porque sus plumas han permitido vender muchos libros al sector editorial? Si unimos calidad a ventas -como hacen muchos-, tendríamos que concluir que Corín Tellado es mejor escritora que Cervantes y, por lo tanto, cambiar todos los programas universitarios y la historia de nuestra cultura.
Está muy claro que calidad y ventas, que creación y mercado, van por caminos diferentes.
Hablemos entonces de mercado. La palabra nos transporta a un lugar donde se expone libremente, donde cada cliente elige entre una amplia oferta -también con total libertad- lo que mejor se adapta a su demanda. Sociedad de mercado, libertad de oferta y demanda; todos somos iguales, todos tenemos la libertad de ofrecer y de comprar. La esencia del sistema, encarnado en estos tiempos en la bella palabra democracia, que todos pronuncian pero nadie define con claridad.
¿Funciona de esa forma el mercado en nuestra sociedad? ¿Compiten en igualdad de condiciones todos los países? En realidad, los países ricos tienen su economía subvencionada. ¿Pero cómo, no éramos todos iguales en democracia? Y no permiten que los países pobres –la inmensa mayoría- hagan lo mismo. ¿Pero cómo, no es la libertad de mercado la esencia del sistema capitalista?
Así, comerciando de esa forma, se genera un intercambio que aumenta las desigualdades (el comercio entre ricos y pobres en igualdad de condiciones ya es desigual), en el que unos, los más necesitados de vender deben hacerlo cuando sea y a cualquier precio, mientras los otros, con productos subvencionados y apoyados en empresas multinacionales, pueden hacer lo que les plazca.
Los pocos venden y compran cuando quieren; los muchos compran siempre caro y venden siempre barato.
El supuesto mercado del libro (hablemos del libro como ejemplo de mercancía cultural) funciona de la misma forma. El profesor cubano Jorge Fornet lo analiza con gran brillantez en su artículo Escritores y mercado editorial en Iberoamérica (publicado en este número). Según sus propias palabras, su artículo “trata de ver el modo en que las editoriales disfrazan de razones estéticas, de fenómenos literarios, lo que en realidad responde a intereses comerciales, políticos o de otro tipo”. Sus conclusiones son elocuentes. Habla de censura por medio del dinero, nos recuerda que las grandes editoriales españolas fundan filiales en los países del tercer mundo y lejos de publicar a los autores en todos los países de habla hispana los limitan a su territorio de procedencia, generando con su pretendida globalización un nuevo provincianismo, y nos asegura que dada la situación del mercado y la cultura actual hoy no serían publicados libros como Rayuela de Cortázar o Ficciones de Borges, largos, engorrosos, demasiado “intelectuales”. Su análisis finaliza con una esclarecedora entrevista a la citada Carmen Balcells.
El profesor nos clarifica totalmente el funcionamiento del mercado. Lo que no nos deja tan claro es la forma en que debemos encarar ese mercado de funcionamiento tan injusto. Nos señala, eso sí, tres posibilidades como tres posibles riesgos: la posición del “obtuso” –como lo llama textualmente-, que consiste en no sumarse a ese mercado, en rechazarlo; la del resentido, que sería disfrazarse de incomprendido y criticar a quienes prefieren sumarse; y la tautológica (la obvia): quedarse anclado en la conocida retórica de que se trata de un mercado comercial y no literario.
Da la impresión que su propuesta, más por omisión que por opinión (aunque considero que su manera de pensar queda bastante clara en el artículo), sería intentar cambiar el mercado, humanizarlo para sumarse a él o adaptarse sin más. Una propuesta bastante curiosa tratándose de un cubano. Una suerte de reformismo, paralelo al que sostienen muchos gobiernos en el terreno de la economía: crear un mercado de rostro humano.
¿Pero qué pasaría si tuviera razón Ricardo Piglia (a quien Fornet cita a menudo en sus textos)?: “…yo no hablo de mercado …, es demasiado hablar de mercado. ¿Existe un mercado literario? No sé, me parece un oxímoron; existe una red de intereses ligados a la cultura de masas que hacen circular los libros. Me parece que lo que hay es una manipulación de la literatura por la cultura de masas, que produce una serie de efectos nuevos, que los editores están haciendo transas con la cultura de masas y que los grandes multimedios, como se dice ahora, también compran editoriales”.
Si el escritor y crítico literario argentino tuviera razón, si no existiera el mercado literario, estaríamos ante una cultura dirigida, funcionando de la misma manera que la economía globalizada (el famoso libre mercado) del capitalismo actual.
El crítico literario español Jorge Rodríguez Padrón analiza de esta forma la situación actual de la cultura en su libro El discurso del cinismo:
“Lo había advertido ya Schopenhauer: “Más de nueve décimos de todas las mujeres y hombres escritores ciertamente no leían más que periódicos, y consecuentemente modelaban su ortografía, gramática y estilo casi exclusivamente según estos y aun, en su simplicidad, miraban el asesinato del lenguaje que va con ellos como brevedad de expresión, elegancia fácil e innovación ingeniosa”. No pasó inadvertido tampoco para Nietzsche: “el auge de la estupidez parlamentaria, de la lectura de periódicos y del hábito literario de que cada cual puede hablar también acerca de cualquier cosa” estarían en la raíz del “consecuente embrutecimiento de Europa y empequeñecimiento del hombre europeo”. ¿Cómo no entender hoy –en plena era de la comunicación- que el lenguaje de los medios, pero también el de la literatura por ellos tan poderosamente influida, es un lenguaje agitado por el dinamismo de una actualidad arrolladora, por una creciente viveza que multiplica su brillantez y eficacia, pero que es básicamente utilitario, consumista y por ende simplificador en extremo? La caracterización de Schopenhauer es –en su concisión- irrefutable por calificadora. pero no es menos digno de reflexión lo que, con mayor contundencia si cabe, afirma Nietzsche, dado que le preocupa su efecto en un terreno mucho más amplio que el de la propia escritura: embrutecimiento y empequeñecimiento que dan pie a la conformación de una sociedad masificada y mediocre con la que, desde entonces, no ha dejado de crecer, curiosamente en nombre de la libertad democrática, una teórica igualdad de oportunidades en el acceso al conocimiento”.
Fornet por su parte opina: “Lo irónico es que el mercado español funciona también como filtro, en sentido general, entre nuestros países”. y “… la globalización ha provocado un provincianismo eficaz a nuestras letras; cuando las grandes casas editoriales instalaron sus sucursales en varias capitales de América Latina, vivimos la ilusión de que la globalización nos salvaría como escritores y lectores”.
Aquí olvida dos aspectos muy importantes. Uno, es que las grandes casas editoriales de España no instalaron sus sucursales en América Latina buscando salvar la cultura latinoamericana, sino porque vieron allí la oportunidad de vender los libros de los autores españoles. Y el segundo es que los intereses coloniales pusieron de espaldas a los países latinoamericanos desde siempre, consiguiendo ventajas económicas con ese aislamiento.
Los autores españoles son difundidos por las grandes editoriales en todo el ámbito de habla hispana, mientras que sus colegas latinoamericanos quedan relegados a ser difundidos sólo en sus países de origen. El desconocimiento de la cultura del vecino –entre países con una historia en común- es bien conocido en América Latina. Esas son las consecuencias de los dos aspectos antes señalados.
Hablando de Madrid y Barcelona dice Fornet: “Es por allí, lamentablemente, por donde pasa hoy nuestro meridiano editorial y, en no poca medida, también el intelectual”
Aquí se mezcla la economía, el meridiano editorial -donde los razonamientos de Fornet son incuestionables-, con la cultura, el meridiano intelectual. En este último aspecto Fornet reconoce estar especulando: “Yo no conozco bien la narrativa española”. Para iluminarlo tenemos al español Rodríguez Padrón: “Una cultura como la española, sustentada desde sus orígenes en un complejo de culpa que pespuntea alternativamente todo el trayecto de su historia, ha generado una necesidad natural e inconsciente de ser tutelada; nuestra sociedad se siente muy cómoda cuando le dicen lo que tiene que hacer, en qué sentido o con respecto a qué modelos debe orientar su personalidad cultural. Hasta tal punto es así que, incluso los movimientos que han pretendido –en abierta iconoclastia- volverlo todo del revés, se han convertido aquí –inmediatamente- en estereotipos, se han petrificado y han sido explotados como moda, incluso mucho más allá de la coyuntura que los hizo nacer, lo que los empuja hasta límites que colindan con el ridículo. El español quiere saber a qué atenerse, no se atreve a proceder por su cuenta; tomar la iniciativa puede acarrearle la obligatoriedad de pagar por tal atrevimiento, o el temor (y vergüenza) de equivocarse. Por más que se diga lo contrario, y que se alabe nuestra capacidad de improvisación, ésta se halla siempre sujeta a la no aceptación de responsabilidades. Así, cuando llega la hora de elegir, de tomar decisiones, éstas se verán obstaculizadas por ese miedo a quedar en evidencia, al qué dirán. También sucede así en el ámbito intelectual. Y, como los políticos, el escritor o el artista arrastra el peso de esa culpa que habrá de lavar apresuradamente, haciéndose aplaudir, aunque para ello deba representar una acción mentirosa, desarrollar un discurso cínico. Vivir, como si nada, en esa vileza que hoy deja su rastro pegajoso en casi todas las manifestaciones de mayor influencia para la marcha de nuestra cultura”
Por si fuera poco, en el caso de la cultura en lengua hispana se dan hechos paradójicos. El centro del negocio del libro es indudablemente España, pero como es un país donde se lee poco y su población sólo representa el 10% del total de hispanohablantes, el gran consumidor de libros en español es América Latina. El dinero viene del tercer mundo, pero como en economía, las decisiones se toman en el primer mundo.
En cuanto a un supuesto liderazgo cultural de Madrid o Barcelona, se me antoja imposible. Pese a lo que opine Balcells, Barcelona nunca puede ser –desde el punto de vista cultural- la capital del libro en español, por el simple hecho de que su sector terciario –el que maneja la cultura- habla y escribe en catalán y se siente muy orgulloso de ello. Hace unos meses se nombró una delegación de escritores catalanes a una importante feria literaria europea y se dejó de lado a los escritores catalanes que escriben en castellano por considerarlos foráneos (valga sólo como ejemplo de la imposibilidad antes anotada). Madrid, desde ese mismo punto de vista, no aporta nada porque tiene una cultura totalmente mediatizada, en la que prima el consumo de mercancías culturales.
Fornet opina, por último que “las grandes casas editoriales tienen a los mejores escritores”.
Deberíamos desterrar del arte y la cultura el criterio de “mejor y peor” dejándolo confinado al fútbol (en el que tampoco es demasiado adecuado ni justo). Es hora de dar preponderancia a la complementariedad del arte y la cultura sobre la competencia (propia de una sociedad dividida en débiles y poderosos). La frase justa en este caso debería ser: “las grandes casas editoriales tienen en sus filas a quienes más venden, independientemente de su calidad”.
Fornet, además, no puede sostener ese pensamiento y decir acto seguido que esas grandes casas editoriales no publicarían, al día de hoy, ciertos libros muy “intelectuales “ de Cortázar o Borges.
Tomando en consideración todo lo anterior, podíamos resumir que nos estamos moviendo entre aceptar el supuesto mercado, humanizarlo y sumarnos o rechazarlo.
Rodríguez Padrón nos dice: “El creador que, cien años atrás, instaura la modernidad, se divorcia voluntariamente del principio productivo que la civilización industrial burguesa monopolizó en nombre del progreso y del bienestar material, entendidos como dadores de felicidad (…) (Ese divorcio)… es Baudelaire, por los laberintos de un París nocturno y despreciado; es Darío, arrastrado por la vorágine de la bohemia y atado a “las tristes nostalgias de mi alma, ebria de almas”; es Rimbaud, en su renuncia definitiva, incluso a sí mismo; una marginalidad extrema” Piglia abunda en la misma idea: “Entonces creo que, en verdad, estamos enfrentando el mismo problema que enfrentó la vanguardia desde su origen, qué hacemos con la cultura de masas, pero ahora en otra dimensión, en una dimensión macro”. Para culminar con algo que debemos tener muy claro: “La vanguardia ha sido siempre un pelotón de elite que usa una táctica de guerrilla frente al ejército de los mass media que avanza barriendo con la cultura moderna”.
Personalmente, considero que enfrentar a la cultura de masas (el supuesto mercado) es la única alternativa posible. Es necesario buscar y crear islas de resistencia. En ese sentido nos ilumina Piglia: “¿Cuáles son hoy las islas para resistir a la cultura de masas? Ése es el punto. Porque ¿qué es la cultura de masas? Es la combinación de los canales de televisión y los grandes diarios que, al mismo tiempo, son dueños de editoriales. Ésa es la situación, creo, y ahí hay que actuar, como diría Brecht”.