Uruguay: Literatura y Sociedad

Federico Nogara



A través de los años Uruguay ha sido considerado en el exterior un país de gente bien educada y con un nivel cultural más que aceptable. Pese a esa tradición, hoy día se lo identifica básicamente con el fútbol, y en el plano cultural, cuando se habla de escritores, los únicos realmente conocidos son Benedetti y Galeano. Podríamos culpar de esta situación a la globalización y no nos equivocaríamos. “La globalización ha provocado un provincianismo eficaz a nuestras letras; cuando las grandes casas editoriales instalaron sucursales en varias capitales de la América Latina, vivimos la ilusión de que la globalización nos salvaría como escritores y lectores. Sin embargo, en realidad se produjo el extraño fenómeno de que esas sucursales se dedican a publicar a los autores de los respectivos países, de modo que Alfaguara de Guatemala (por poner un ejemplo hipotético) publica a los guatemaltecos y con suerte a algunos otros centroamericanos que difícilmente pasan a México, ni qué decir a Buenos Aires y mucho menos a España. Funcionan como pequeñas editoriales que cumplen su cometido dentro de los limitados mercados nacionales.” (1)

Este es uno de los tantos efectos visibles de un cambio mayor, operado luego del fracaso de los movimientos de liberación en América Latina y de algunos sacudones espasmódicos rebeldes en Europa, anteriores a la corta bonanza económica en ese continente.
La buena literatura nos había instruido, antes de los años setenta, sobre la necesidad de reivindicar a las minorías y a los perdedores, de marchar hacia la igualdad entre hombres y mujeres, en la libertad sexual, en la importancia de cambiar el mundo. Derrotados los principales valedores de todas esas reivindicaciones, el neoliberalismo tuvo el camino libre para imponer sus criterios en el mundo entero. La literatura (y la cultura toda) entendida como entretenimiento se impuso y los políticos y muchos “intelectuales” hicieron suyo el término industria cultural.  “La crisis de los intelectuales como voceros, la figura dominante del especialista y el técnico, del periodista como ideólogo, ha desplazado por completo la tradición del poeta como vocero de la tribu. (…) La sociedad se ha sacado a la literatura del medio y la ha sustituido por la televisión. Ha desplazado los lugares de enunciación de la tradición intelectual y sus problemas hacia la cultura de masas. (…) ¿Qué es la cultura de masas? Es la combinación de los canales de televisión y los grandes diarios que, al mismo tiempo, son dueños de las editoriales.” (2)
Cualquier interesado en confirmar el aserto de lo antedicho puede encontrar en internet la lista de posesiones de cualquier grupo mediático español (no la publicamos aquí porque ocuparía mucho espacio).
Las causas externas, con ser importantes, no alcanzan sin embargo por sí solas para explicar el ostracismo de los escritores uruguayos; tiene que haber también causas internas.
Algunos señalarán, en contra del ostracismo señalado, la existencia de escritores extranjeros que opinan: “Uruguay, un país de tres millones y pico de habitantes, es -junto a Irlanda, que tiene cuatro- el que más escritores buenos ha producido por metro cuadrado en todo el mundo” (3). Otros dirán que muchos escritores uruguayos viajan a presentar sus libros en el exterior y hay antologías de uruguayos publicadas fuera. Deben saber quienes viven en el país que todo esto, con ser cierto, no supera nunca lo testimonial.
Volvamos a las causas internas. Si observamos la literatura uruguaya desde el fin de la dictadura hasta nuestros días podemos definir dos corrientes muy marcadas: la literatura de ex presos políticos, que llamaremos, con todo respeto, “literatura carcelaria”, y el “levrerismo” (4). Dos corrientes disímiles, una “realista”, basada en las condiciones de vida de los presos políticos durante su cautiverio y sus historias personales, y la otra totalmente ficcional.
Podríamos lanzarnos al análisis de estas dos corrientes, pero no es la finalidad de este artículo la crítica literaria; preferimos remitirnos a sus efectos para definir mejor las causas a las que nos referimos con anterioridad.
La “literatura carcelaria” está directamente marcada por el hecho político y ligada a él no sólo por tema, sino porque a inicios de este siglo la coalición progresista Frente Amplio gana las elecciones y en pocos años el demonizado Movimiento de Liberación Nacional (MLN) pasa a ser su grupo principal, lo que lleva al ex guerrillero José Mujica a la presidencia. Es con la llegada del Frente Amplio al gobierno que los escritores -tan desconfiados en el pasado de ese poder político al que enfrentaron con asiduidad- se sienten parte de un proyecto. Ese es uno de los grandes problemas que arrastran los gobiernos progresistas. España nos puede servir de ejemplo: “La clase cultural en pleno, a partir de la llegada de los socialistas al poder, se sintió aliada en un proyecto de Estado. Y lo increíble es que en apenas cuatro años, porque no pasó más tiempo, una cultura heredera de una tradición de dos siglos de enfrentamiento con el poder y las formas del Estado, se instala en los órganos de influencia de opinión y de emisión de cultura. Y ahí se queda, acapara y tapona la cultura del país.” (5)
Habría que discutir si en Uruguay ocurrió exactamente lo mismo, pero las bases generales de esa discusión quedan trazadas.
A ello se agrega la propia concepción cultural del Frente Amplio y el MLN. Ambos fomentaron desde siempre una cultura de tipo popular que estuviera alejada lo más posible del elitismo. Como eso ha sido y es imposible en la sociedad uruguaya, donde la cultura es patrimonio de las clases medias acomodadas, debieron apostar por el folklore. Aparte del fútbol, el Uruguay ofrece al exterior la murga y el candombe. Hace poco, en un estadio español se homenajeó a varios jugadores extranjeros con música de sus países: al argentino le pusieron un tango; al uruguayo una cumbia. Así nos ven.
La propia lógica de los acontecimientos deja entonces a los escritores fuera de la promoción cultural del gobierno en el exterior. Una muestra de literatura uruguaya: “Los árboles sin bosque”, editada en Barcelona (Ed. Carena – Revista Malabia), está esperando desde diciembre pasado (ocho meses) el apoyo en la difusión, prometido por los responsables de la Embajada de Uruguay en España durante una reunión en el Consulado uruguayo de Barcelona.
No pasa lo mismo con los músicos que cultivan lo “popular”, que cuentan con todo el apoyo institucional en su promoción.
Colocados en la tesitura de rebajar el nivel de la cultura para hacerla accesible a todos (Cortázar recomendaba lo contrario, mejorar el nivel cultural de la población para que tuviera acceso a la cultura reservada a una elite), su democratización es una consecuencia y una necesidad política. Algunos escritores destacados cercanos al Frente lo han reconocido de forma indirecta señalando en público: “todos los escritores somos iguales”. Bellas palabras, pero no tanto cuando uno piensa que quienes las han lanzado se dirigen luego a verse con sus pares, destacados escribas, mientras quienes han sido tocados por la bendición de una igualdad inesperada se pierden en la oscuridad.
La democratización de la literatura es correcta con respecto a la recepción, todos deben tener derecho y posibilidades de acceder a los libros; pero es totalmente dudosa respecto al proceso de creación, porque: “escribir no es vivir, ni alejarse de la vida para contemplar en un mundo en reposo las esencias platónicas y el arquetipo de la belleza, ni dejarse atravesar, como por espadas, por palabras desconocidas e incomprendidas que se nos acercan a traición: es ejercer un oficio. Un oficio que exige un aprendizaje, un trabajo continuo, conciencia profesional y sentido de las responsabilidades.” (6)
Como es bien sabido, hay gente que cocina todos los días y lo hace muy bien, pero eso no los convierte en cocineros. Sería importante tenerlo en cuenta.
Y no sólo en el oficialismo se manejan “extravagancias” respecto a la literatura y la cultura en general. La publicación uruguaya “Voces” entrevistaba hace muy poco a Zabalza (7), cuya posición política, como bien se sabe, es contraria al actual gobierno, formado por ex compañeros suyos de movimiento. Zabalza insiste desde hace tiempo en acusar al gobierno de haber dejado de lado las ideas de Sendic, a quien no duda en presentar como un casi visionario político. No hay duda que Raúl Sendic fue un hombre valiente y sacrificado, un ejemplo como ser humano, pero su estatura como analista político o estadista es bastante discutible. En la entrevista citada, Zabalza dice textualmente que la diferencia entre los miembros actuales del gobierno (Mujica y Huidobro en especial, a quienes conoce bien) con Sendic estriba en que aquellos leían a Abelardo Ramos mientras Sendic leía a Mandel.
La cita no es extraña, baste recordar que Mandel justificó el foquismo mientras Ramos se posicionó en contra. Sin embargo, no nos interesa desarrollar ese tema en este artículo, lo traemos a colación porque a renglón seguido Zabalza descalifica a Ramos diciendo que se plegó al peronismo y terminó teniendo un puesto en el gobierno de Menem. Olvidó decir que las previsiones históricas y políticas de Mandel se probaron totalmente equivocadas.
Hagamos un poco de memoria. Quienes recibieron su educación primaria o secundaria en el Montevideo de los años sesenta recordarán los libros y las clases de historia: el enfoque era moralizante (buenos y malos), los héroes abundantes y de una pieza (al estilo John Wayne) y los extranjeros campeaban en estas tierras por espíritu de aventura o para dar a los salvajes lecciones de civilización euronorteamericana. Es en esos años cuando aparecen con fuerza los escritores revisionistas, entre ellos Abelardo Ramos como muy destacado, para contarnos otra historia. Las teorías de Ramos siguen teniendo vigencia: en sus libros la moralización histórica deja paso al concepto de clase social, ya no hay héroes sino traidores y villanos (salvo Artigas y Lavalleja en lo relativo al inventado Uruguay) y los extranjeros no están de vacaciones, al contrario, conspiran para quedarse con una parte del goloso pastel latinoamericano. Y, por sobre todo, Ramos maneja una teoría (entre varias) de sumo interés: los acontecimientos posteriores a 1811 –hoy en su bicentenario- no constituyeron a su juicio una revolución, sino una guerra civil entre unos españoles y criollos contra otros españoles y criollos librada a ambos lados del Atlántico. El proceso posterior, la balcanización en América Latina y España, parece avalar su teoría.
Al descalificar a Ramos por sus extravagantes actuaciones políticas concretas Zabalza puede que tenga razón, pero al quedarse ahí, sin entrar en sus escritos (lo verdaderamente importante), tergiversa y oculta. En el Uruguay, ya sea por desconocimiento, mala fe o porque no encaja con los intereses de una persona o grupo, la historia se tergiversa haciendo un uso político de ella, o se oculta. Y lo que es más grave, se juzga por su  vida privada a quienes escriben, y no por sus escritos. Así se descalifica a grandes escritores. No es casual, dentro de este panorama, que los jóvenes tengan ideas peregrinas sobre la historia uruguaya y latinoamericana y sobre la literatura en general.
Algo similar ocurrió con el sonado “caso Vigil”, cuando cuarenta y cuatro escritores se soliviantaron al otorgarle la Junta Departamental de Montevideo el título de Ciudadana Ilustre a la escritora. El cruce de acusaciones fue importante, pero hubo una que debió ser investigada: Vigil dijo que conocía a varios de los firmantes porque eran jurados, en los últimos 25 años, de todos los premios literarios y se los otorgaban entre ellos. ¿Por qué no se investigó esta supuesta actuación que marca el nivel más bajo al que puede llegar un escritor? Porque en Uruguay la importancia de una acusación depende de quién la haga. Es parte del famoso ninguneo en que fue criada la gente del país: ¿quién es este que la radio no lo nombra, quién lo conoce, qué título tiene, cuáles son sus méritos, de dónde salió?
A todo esto se agrega el tema del valor literario, fundamental en el país dadas las circunstancias: ¿por qué los demás escriben y yo no? ¿quién señala el nivel de calidad? ¿quién tiene autoridad para decir que un escrito es malo y otro es bueno? Preguntas que se repiten cuando se habla de literatura. El asunto es una antigualla, tiene olor a naftalina. “El tema del valor desapareció de la discusión crítica a partir del formalismo ruso. Cuando salimos de la crítica como opinión personal, de las tradiciones premodernas de la crítica, cuando se constituye la crítica moderna como tal y aparece la crítica definida en su relación con un saber ya definido, aparece entonces la relación entre crítica y marxismo, crítica y psicoanálisis, crítica y lingüística, y el valor es desplazado del debate. El juicio de valor existe pero está implícito. Por ejemplo, cuando Lukács dice que prefiere a Thomas Mann, no dice: “Porque me gusta más Mann que Kafka”. Dice que Thomas Mann expresa mejor las relaciones históricas presentes en la sociedad actual.” (8)
Quizá si hubiera una buena crítica literaria y se siguiera el consejo de Octavio Paz (“la condición esencial para fundar una literatura es la existencia de un espacio donde obras y autores sean discutidos y evaluados”), la discusión sobre el valor perdería importancia. Y aunque Paz usaba el término espacio en un sentido más amplio, deberíamos preguntarnos: ¿qué espacio tienen los escritores uruguayos?
No tenemos constancia de la existencia de un sindicato de escritores y las organizaciones que los nuclean van desde las de tipo universal –cobran una cuota a cambio de ciertos beneficios- a aquellas que sólo son una suma de egos buscando un canal para dar a conocer sus escritos, o un grupo de amigos que comparten el gusto por escribir. El funcionamiento de esta clase de organizaciones condena a muchos escritores de calidad al aislamiento y las deja a merced de los avatares de la actualidad política. ¿Estamos abogando por una organización apolítica? En absoluto. Muy al contrario, pensamos que la actitud apolítica es la más política, la que favorece al poder. Nos estamos refiriendo al sentido político de la existencia. ¿Cuál sería, según nuestro punto de vista, tener una posición política en una organización de escritores?
1) Situar a la literatura uruguaya en el mundo a través de la historia. 2) Situarla en el presente. 3) Considerar a qué problemas está enfrentada por pertenecer a un país aún dependiente. 4) Sopesar cuál debe ser su función para ayudar al país a salir de esa dependencia histórica. 5) Rescatar a los autores que han quedado en el olvido, sepultados por esta escritura de “use y tire” que plantea el sistema. 6) Trazar un plan para enfrentar la feroz comercialización de la escritura a nivel mundial. 7) Concienciar a los socios de la existencia de vida más allá de sus propios escritos. 8) Empezar a integrar a los escritores del interior y del exterior del país. Nos referimos a integrarlos de verdad, de manera concreta. 9) Tener una posición clara sobre el “circo” mediático al que estamos siendo sometidos a escala planetaria. 10) Crear lazos sólidos con organizaciones afines, sobre todo de América latina (y especialmente, por cercanía, afinidad de lenguaje y temas, con los escritores argentinos). 11) Concienciar a los socios de que la escritura es una experiencia vital, una aventura existencial, y no una forma de conseguir notoriedad. 12) Desarrollar y difundir la cultura uruguaya con energía. 13) Dejar de funcionar como caja de resonancia de las actividades y escritos de los socios y dedicarse a desarrollar, profundizar y difundir la literatura uruguaya en general. 14) Enfrentar esa intención de presentar a los uruguayos dentro de un estereotipo.

Retomemos el principio, esa segunda corriente a la que nos referíamos, el “levrerismo”.
En la globalización neoliberal la juventud es un valor en sí mismo. Una sociedad dedicada a diversiones en las que sólo disfruta el cuerpo y basada en la imagen tiene, necesariamente, que “sobrevalorar” al joven, porque es justamente durante la juventud cuando el cuerpo humano accede a su plenitud en todos los sentidos. Cierto es que con esos cuerpos se trafica y que difícilmente sus dueños encuentran trabajo (en España el desempleo juvenil alcanza en algunos lugares el 60% y en Cataluña, la región más desarrollada del país, quienes ni estudian ni trabajan -los “nini”- son el 25% del total) y cuando lo encuentran es para ganar una miseria, pero ese es un asunto menor en una sociedad que basa su discurso –como decíamos al principio- en el valor intrínseco de ser joven.
Lo peor es que la mayoría de los jóvenes acepta este discurso como verdadero, incluso en los países periféricos. Varios autores uruguayos con trayectoria me hablaron de la tremenda brecha generacional abierta en el país luego de la dictadura. Como se escribe dentro de una tradición que se construye de manera retrospectiva, es lógico que los escritores jóvenes (a quienes las generaciones anteriores dejaron un país en ruinas) quieran romper con esa tradición. Para animarlos, la clase política, incluido el Frente, les dice que no miren atrás, lo importante es hacerlo hacia el futuro. Poco politizados, con escasa formación y sin experiencia, los jóvenes no consideran algo elemental: hay que desconfiar cuando los mayores, generalmente nostálgicos, recomiendan no mirar el pasado; algo tendrán que esconder.
La juventud mira a un mundo por descubrir, que no es suyo, que les engaña con miles de promesas, y por ello se lanzan, desnudos, a escribir. Pero olvidan que son fruto de un tiempo y un lugar y han sido criados con una educación determinada, repitiendo hábitos propios a su colectividad. En ella se incluye una dictadura de casi veinte años. Sólo entonces podemos imaginar la vaciedad de esos jóvenes ante la hoja en blanco. La consecuencia natural de estas circunstancias es volcarse en la literatura fantástica, que se les presenta como la más sencilla y cómoda.
Un proyecto de escritor uruguayo con quien topé hace poco en Barcelona se puso a dar grititos de espanto cuando le mencioné a la sociedad y la política como íntimamente ligadas a la literatura. “Eso a mí no me interesa”, repitió alterado varias veces, mientras estrujaba entre sus manos su teléfono móvil (celular) de última generación.
“La literatura se divide en realista y fantástica, cualquiera sabe eso” aseguró a continuación para terminar colocando a Onetti “entre los escritores realistas”. Me llamó la atención que habiendo dividido la literatura de manera tan tosca, y declarándose seguidor de la literatura fantástica, sus escritores favoritos fueran los de la Beat Generation norteamericana, Bukowski, Felisberto Hernández (para él el mejor escritor uruguayo) y Levrero (el mejor narrador, según dijo). Pero en realidad, si le faltaba conocimiento no le faltaba coherencia, los que nombró han sido los elegidos por la juventud uruguaya post dictadura.
Habría que aclararles que el realismo, como tal, no existe en literatura. ¿Cómo cree alguien que se pueda hacer de lo real una muestra imparcial cuando la propia percepción de la realidad es parcial y la sola mención de un objeto ya lo modifica? Este planteo ya tiene cerca de cien años, no estamos inventando nada. Si hablamos de realismo lo hacemos solamente para situarnos; como por ejemplo un profesor de literatura a la hora de enseñar. De la misma forma usamos en política izquierda y derecha, sabiendo que esos términos no responden a nada concreto.
Entre el “realismo” y la “literatura fantástica” podemos sorprendernos con una gran variedad de maneras de escribir a las que difícilmente se pueda etiquetar. Son formas complementarias. A la complementariedad todavía no se ha podido arribar en Uruguay, donde, pese a la gran variedad de registros, se sigue discutiendo quién escribe mejor, como si se tratara de una competición deportiva.

Mario Levrero, tomado por los escritores jóvenes como un icono, es un personaje curioso. No vamos a entrar aquí a diseccionar o a juzgar su escritura, dejamos también esa tarea a los críticos literarios. Lo que nos interesa es el “efecto Levrero”.
Dentro de los círculos literarios a nadie escapa que Levrero se dedicó a los talleres literarios por necesidad económica. Cierto o no, lo concreto es que el escritor se aplicó en ellos. En los talleres literarios se pretende enseñar a escribir, o se motiva a los participantes para que escriban. Quien dirige un taller ejerce un magisterio, genera escuela. ¿Qué enseñaba Levrero en los talleres? Basándonos en la entrevista que se hace a él mismo, entendemos que el arte transmite una experiencia espiritual, que quien escribe trata de comunicar su alma con el alma del lector, que escribir es poner un título y dejarse llevar, que no son necesarias influencias.
Esa manera de presentar la escritura tiene que agradar a unos jóvenes sin demasiadas ganas de esforzarse y sin demasiada preparación, porque la ven espontánea, rápida, repentina y, por encima de todo, alejada de cualquier pretensión intelectual. Sería interesante que conocieran alguna opinión distinta al respecto: “No creo que existan escritores sin teoría: en todo caso la ingenuidad, la espontaneidad, el anti intelectualismo son una teoría, bastante compleja y sofisticada, por lo demás, que ha servido para arruinar a muchos escritores.” (9)
Quien se interese en Levrero puede encontrar sin dificultad un artículo suyo titulado “Contagio”. En dicho artículo el escritor constata que Onetti, en su relato “Los adioses”, copió la idea general de un cuento de Faulkner (debe ser un artículo muy leído porque muchos jóvenes escritores repiten que Onetti copiaba a Faulkner). Dicha constatación no está hecha de manera agresiva sino jocosa, tanto que al final Levrero reconoce haber copiado a Kafka en sus primeros relatos. Y aquí surge una contradicción. Además de otras cosas, Kafka sostenía que se debía leer (y escribir) libros de los que pinchan y muerden, que sean un puñetazo en la cara, el hacha que rompa el mar helado dentro de nosotros. Entre el espíritu y el alma Kafka elegía la razón, leer y escribir desde la razón. Y Levrero, que sostenía justo lo contrario, lo copiaba.
Marcial Souto, su primer editor y amigo personal, decía cuando trataban de encasillarlo dentro de la literatura fantástica: “Mario Levrero es un escritor realista que vive en otro mundo”. La lectura de algunos de sus cuentos reafirma esa impresión y sus artículos nos muestran a un individuo muy cercano a lecturas y avatares culturales.
Llegados a este punto, y habiendo planteado la inexistencia del realismo, tenemos que preguntarnos: ¿existe la literatura fantástica, se puede hablar de tal cosa?
Recientemente un alumno de una escuela de cine me decía que su profesor había situado a David Cronenberg en la ciencia ficción. Si seguimos clasificando vamos a estar más pendientes de la ubicación de una obra que de la obra en sí. No sería de extrañar, porque uno de los grandes triunfos del neoliberalismo ha sido su capacidad para convencer a los jóvenes de que nuestra realidad cotidiana se mueve en territorios estancos: por un lado la política, por otro la sociedad, más allá la cultura, el trabajo y el ocio. Cada uno a lo suyo y Dios con todos.

Folklore como cultura, democratización forzada de la escritura, tergiversación o silenciamiento de la historia con fines políticos, desconocimiento, pedantería, ignorancia, descalificación. Difícil panorama para desarrollar una literatura de verdad.

Quienes toman la literatura como un oficio, una manera de vivir, un aprendizaje continuo, tienen muy difícil la integración en el espacio “literario” uruguayo. Aquellos que deberían ejercer su magisterio en un mundo tan falto de grandeza quedan fuera, marginados. Sin embargo, desde nuestras modestas posibilidades los animaríamos a no decaer. Recordemos que: “Es importante tener en cuenta que en el arte más logrado, genuino, el que perdura y perdurará durante siglos, base de nuestra cultura, existen claves que lo justifican. ¿Quién establece esas claves, actualizadas y eficientes, las explica en claros desarrollos y las pone al servicio de una auténtica superación, en todos los campos del arte, en este caso uruguayo? Esta es una de las primeras preguntas para ese debate necesario que nos está esperando, que se debe abrir tarde o temprano. Si nadie, o casi nadie, se toma esta y otras cuestiones en serio, hay poquísimo que esperar”. (10)
Abramos ese debate, que se hace hoy más que nunca urgente. “Los escritores son los estrategas en la lucha por la renovación literaria” (11). No lo olvidemos.

Desgarrar el papel al escribir
para que desde el comienzo
asome por debajo el deterioro,
el desgaste, el hundimiento,
al que se debe someter toda escritura.

Esa invalidez original
limará las palabras
y acortará los desahogos,
hasta que surja el hilo retorcido
y ajustadamente abismal
del lenguaje correspondiente al hombre.

Que la escritura desguarnezca
a la mano que simula providencias.
Que la escritura no contribuya a armar la máscara
sino el rostro sin afeites que oficiamos.
Que la escritura enrole en su constancia
la cantera y la piedra,
la secuencia y el término,
la destrucción y el límite.
 (Roberto Juarroz)
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Bibliografía y notas

1 – Jorge Fornet: Los nuevos paradigmas
2, 8, 9, 11 – Ricardo Piglia: Crítica y ficción
3 – Vicente Molina Foix / Entrevista
4 – “Levrerismo”: referido al escritor uruguayo Mario Levrero
5 – Ignacio Echevarría, periodista español
6 – Jean Paul Sartre: ¿Qué es la literatura? 
7 – Jorge Zabalza: ex dirigente del MLN Tupamaros
10 – Héctor Rosales, escritor uruguayo