Uruguay: El “amateurismo literario”

                               Federico Nogara

La literatura siempre funcionó como un oficio en Uruguay. Había escritores como había médicos, cocineros, carpinteros. La situación dio un vuelco considerable con la llegada del Frente Amplio al gobierno. La mayor parte de los escritores apoyó desde el primer momento a una fuerza que intentaría el cambio social tantas veces anhelado. La literatura también cambiaría Y en efecto, cambió.
En general los gobiernos “progresistas” aplican a la literatura lo que no aplican a su propio funcionamiento como fuerza política: la horizontalidad. Una horizontalidad a la que esconden tras el eufemismo democracia, tan manido, tan falso la mayoría de las veces y tan caro a los europeos, a quienes, por lo menos en el terreno cultural, seguimos copiando y muchas veces reverenciando.
Metidos en esta democracia literaria todos los escritores son iguales, en caso contrario se caería en el elitismo.

Durante muchos años la mayoría de los escritores uruguayos se jugaron por extender la parte de la cultura que les correspondía -la literatura- a los ciudadanos del país: los libros debían ser para todos, llegar a todos. La recepción de la cultura para la población es, sigue siendo, una vieja aspiración de la humanidad. Sin embargo, los libros son hoy, más que nunca, un artículo de lujo en Uruguay, tan caros como en países con un nivel de vida muy superior.
Un caso extraño el uruguayo. Comprar libros (leer) es una actividad elitista, mientras que escribirlos es democrático.
De esa extrañeza surge el “amateurismo literario”, un fenómeno también curioso, porque a ningún trabajador se le ocurriría, en una sociedad que funciona alrededor del dinero, trabajar gratis. Aparte, ningún sindicato lo permitiría. Y cualquier militante del actual gobierno apoyaría la negativa sindical. El trabajo no se regala.
Muchos opinan que esta democratización de la escritura, mirada desde el poder político, obedece a una necesidad de crear bases generadoras de votos al gobierno, pero dejemos este asunto para otros foros. Nos importa más entrar aquí en la consideración del proceso de creación.
El escritor está inmerso en el proceso creativo mientras escribe su texto. Al terminar el manuscrito y convertirlo en libro tiene en sus manos un objeto cultural que se comercializa. El libro es una mercancía.
Tan simple constatación parece alejada del pensamiento uruguayo más común y suena completamente extraña en los “amateurs”, que consideran a la cultura una especie de dádiva para entregar desinteresadamente a la población. Nada más alejado de la realidad.
Los escritores “amateurs” participan, al igual que los escritores “profesionales”, del proceso mercantil de la sociedad de consumo en la que vivimos (no le llamo capitalismo porque algunos podrían desmayarse o llamarme antiguo). Sus libros (sus mercancías) también se venden. Y cuando esos escritores “amateurs”, que tanto critican a las editoriales por negociantes y a los escritores “profesionales” por ambiciosos, consiguen buenas ventas o reciben un premio, lanzan las campanas al vuelo, sin tener en cuenta que han “pasado por el aro”, que son esas editoriales tan criticadas quienes otorgan los premios (directa o indirectamente) y es el negocio del libro (distribuidoras, comercios, etc.) quien se beneficia de su tarea creativa “desinteresada”.
Al definirse como “amateur” (algunos incluso aseguran no ser escritores pese a escribir y publicar) el presunto escritor trata de presentarse como un ser puro, que no forma parte del negocio de la literatura. Esa pureza literaria la basa en su escasa participación en el proceso comercial literario, limitada a la transacción económica entre él o ella, que escribe y vende el libro, y el “cliente” que lo compra. El escritor “amateur” está dedicado a la autogestión literaria; queda para los demás, los “profesionales”, el trato con las editoriales, las distribuidoras, los medios de comunicación y la participación en tertulias, foros, encuentros.
De esa forma el escritor “amateur” simplifica su participación en el mundo literario: nadie puede criticar sus escritos porque en realidad no se define como escritor ni pretende serlo, porque lo suyo no es un oficio, es un hobby, una actividad ajena al proceso de mercantilización de la cultura.
Aquí surge una pregunta lógica: ¿es posible tal cosa?
De repente aparece en escena, de manera indirecta, Alberto Zum Felde desde su libro “Metodología de la Historia y la Crítica literarias”, publicado en 1980 por la Academia Nacional de Letras de Montevideo: “Es tan absurdo pretender que todo hombre intelectual, todo escritor, todo artista, se dedique a la militancia política, como pretender que se aparte y se desentienda de la vida política de su país. Que se quiera dejar “la política para los políticos”. En principio, políticos somos todos en cierto modo; lo somos necesariamente, por el simple hecho de vivir en el seno de una sociedad políticamente organizada. Lo político es una condición de hecho de nuestra realidad social a la que, prácticamente, tampoco podemos eludir. Estamos en lo político como estamos en lo telúrico. Podemos actuar o abstenernos, pero no podemos eludir los efectos de las condiciones de esa realidad sobre nuestras propias condiciones personales de vida”.
Exacto. Estén los escritores en lo político o en lo telúrico, al publicar un libro les es imposible escapar a las condiciones en que se desarrolla el mercado literario en su país. La pureza no exime a los escritores “amateurs” de sufrir los embates de la realidad que sufren los escritores “profesionales”: si no la sufren por acción, la sufren por omisión. ¿Cuál es esa realidad? Vivimos en un sistema económico que ha convertido la cultura en cultura de masas por una razón muy simple: es un sistema planteado para ganar dinero. En la cultura de masas, dominada por la televisión, cuyos dueños son los mismos de las editoriales, las grandes radios, los diarios principales y las revistas de éxito, es necesario convocar grandes multitudes de consumidores. Y esa enorme clientela no se consigue difundiendo las grandes obras de la literatura universal ni profundizando en la calidad de las actuales, todo lo contrario. Lo tienen claro los gobiernos europeos de distinto signo, cuyos ministros de cultura hablan de industria cultural y de actividades culturales rentables. A la sociedad neoliberal consumista le interesan los libros entretenidos y de venta fácil.

Una persona despierta una mañana invadido por el espíritu de Shakespeare, como le pasaba al personaje de Borges. Corre entonces a escribir su texto, y cuando lo termina paga a un diseñador, a un maquetador y a una imprenta para conseguir su libro. Ya está metido de lleno en el proceso monetario de la publicación. Luego puede seguir siendo “amateur” y regalar el libro a los familiares o llevarlo a una librería (completar el proceso), pero ya está contaminado. Y con el agravante de que su libro no ha pasado por ningún comité de lectura ni cuenta con la opinión de algún experto. En este punto debería detenerme. En el Uruguay actual los expertos –al igual que los intelectuales- no son bien vistos. Sin embargo, somos cultura, y la tradición cultural nos ha enseñado (no olvidemos que se nos educa) a apreciar las diferencias y el valor. No es lo mismo un libro de Corín Tellado que uno de García Márquez. Sin embargo, la  escritora española ha vendido bastante más “mercancía” que el colombiano. ¿Dónde funciona, o debería funcionar, la teoría del valor en nuestro tiempo? Si nos atenemos a las ventas o al gusto popular la cuestión está clara. Aquí es donde aparece el experto, quien nos explicará que Corín Tellado utiliza en sus novelas personajes estereotipados viviendo en sociedades divididas en buenos y malos, donde las ninfas tienen como meta el casamiento con el hombre perfecto y en su búsqueda son acosadas por personas de bajos instintos; mientras el colombiano es mucho más sofisticado, no sólo pretende contar una historia sino que nos quiere hacer soñar y volar. “Faltan maestros”, gritaba el “loco” del film de Tarkovski. En Uruguay no faltan maestros, hace falta que se les escuche. Por ejemplo a Carlos Vaz Ferreira, que en su “Moral para intelectuales” nos señala: “El buen vino no puede prepararse en recipientes abiertos; en éstos se produce, es cierto, un vino suave y alegre, para el consumo corriente; pero el de fondo, concentrado y fuerte, tiene que fermentar y condensarse en recipientes cerrados, con la resistencia y con el tiempo. Pues bien, con nuestra cosecha intelectual, sucede que casi toda se gasta en esa preparación fácil para el consumo inmediato. (…) Las inteligencias jóvenes, salvadas siempre las excepciones, tienen aquí tendencia a la producción fácil.

Llegados a este punto deberíamos considerar qué busca un lector conocedor de la literatura cuando abre un libro. Por mi experiencia diría que pretende que las reflexiones del autor lo hagan a su vez reflexionar, que quien escribe diga algo de manera intensa, que sea preciso, que tenga sofisticación, que profundice en el idioma, que su estilo sea novedoso o trabaje uno o varios estilos con suficiencia, que tenga capacidad de emocionar o hacer reír sin golpes bajos o tópicos y, por encima de todo, que sea sutil. Todo junto o sólo una parte, aunque yo nunca renunciaría a reflexión y sutileza, bases fundamentales de la buena literatura.

El escritor “amateur”, como decía, ya ha entrado en la maquinaria del consumo al haberse pagado el libro (incluso al habérselo hecho pagar a su familia o amigos); pero puede colaborar de lleno con las intenciones aviesas de la sociedad de consumo si se decide a escribir algo entretenido o de fácil venta. La responsabilidad de los malos manejos culturales no debe recaer en exclusiva sobre la sociedad y los políticos o funcionarios que toman decisiones erradas. También es responsable quien escribe como si nada, para entretener, para llenar un vacío, quien se beneficia de la burocracia o la cercanía al gobierno, quien aplaude o mira para otro lado cuando debería protestar, rebelarse.
Y al sostener esta posición no estoy abogando por una literatura realista o de denuncia. Estoy mencionando esa responsabilidad última que tiene todo escritor con su escritura, a la que se refería Jean Paul Sartre: “(…) escribir es ejercer un oficio que exige un aprendizaje, un trabajo continuo, conciencia profesional y sentido de las responsabilidades.” (Del libro “Qué es la literatura”).

De la misma forma que en cualquier actividad humana la dicotomía antiguo/moderno es falsa, porque la verdadera es bueno/malo, la división o autodivisión de los escritores en amateurs y profesionales es artificial. Escribir, ya se dijo, es un oficio como cualquier otro y a estas alturas los escritores deberían cotizar a la seguridad social y tener jubilación como los demás trabajadores. Pero, también como cualquier trabajador, y aún más en una actividad simbólica como la literatura, el escritor debe tratar de crear objetos de calidad y enfrentar, como cualquier otro trabajador, a la sociedad que lo utiliza y lo explota. Y una manera de enfrentar a esa sociedad es, simplemente, decir. No escribir porque es divertido, nos alegra la vida o nos permite poner nuestro nombre en una cubierta de libro. Escribir maldiciendo, con mala leche, según aconsejaba Francisco Umbral; profundizando, gritando aquello que los bienpensantes no quieren oír. La literatura uruguaya no se forjó en los grandes salones donde se bailaba el minué. Hay en ella lanzas y sables, astilleros, colas de paja, venas abiertas, cálices vacíos, exilio, cárcel, persecuciones, torturas. En nuestros genes los uruguayos llevamos “el temblor de la patria violenta” (Neruda).
No nos traicionemos.