“Izquierda” y Cultura: Un largo desencuentro

                   Federico Nogara

Durante estos últimos años, sobre todo a raíz de la crisis europea, abundan los analísis que ponen el acento en la decadencia del sistema capitalista. Estando de acuerdo con la mayoría de ellos, creo que tocan sólo una parte del problema. Para completarlos habría que referirse a otra decadencia, la de la llamada “izquierda”.

La decadencia del sistema capitalista es de tal calado que está dejando a gran parte de los habitantes del planeta sin trabajo y sin posibilidades de futuro y a otra gran masa en la pobreza, incluso en la miseria. Pero teniendo muy en cuenta las trágicas consecuencias de esta situación, pienso que la decadencia de la “izquierda” nos afecta aun más, porque nos deja sin salida, sin posibilidades de cambio, de progresar hacia una sociedad más justa.
Sería interesante bucear en las causas de ambas decadencias.
“Una sola de las grandes culturas de la Humanidad alcanzó dimensión mundial: la cultura occidental. Y, a diferencia de otros casos, a su formación económico-social correspondiente, el capitalismo, tan sólo ella llegó de modo directo. Además, como tal formación requirió para su desarrollo el saqueo del resto del planeta (tal fue el procedimiento por el que alcanzó dimensión mundial), hizo imposible en éste, en general, desarrollos similares al suyo. En todos los continentes, numerosas culturas se erigieron en torno a modos de producción esclavista, feudal o “asiático”. Pero sólo Occidente, en Europa, accedió al modo de producción capitalista, y al hacerlo sofocó accesos similares en otros sitios. Fuera de Europa sólo conocerían grandes desarrollos capitalistas Estados Unidos, Canadá y Australia, antiguas colonias de Inglaterra, el país capitalista por excelencia” (1).

Ha pasado bastante tiempo desde la imposición de Occidente -y de su formación económico-social, el capitalismo-, tanto que a estas alturas tenemos claro que carece de soluciones para resolver los problemas económicos y sociales de su población. Porque en el pasado, las condiciones adversas de vida se limitaban a las poblaciones del llamado tercer mundo, pero hoy ya las sufren ingentes grupos de población de los países del “capitalismo avanzado”, el llamado primer mundo.

El principio de la decadencia final del capitalismo comenzó irónicamente con lo que parecía su triunfo definitivo: el fin  del socialismo “real”, escenificado en la caída del Muro de Berlín. Tal fue así, que se llegó a especular con el “fin de la historia”: de ahí en adelante, sin enemigo a la vista, el sistema podría dedicar sus ingentes gastos militares a fines más humanos y lógicos.
Un espejismo. Bastaron pocos años, un soplo en esa historia que parecía finalizada, para que un nuevo enemigo apareciera. Ya no se trataba de otras razas ni de ideológias opuestas al libre mercado, la “libertad” y el orden; ahora era algo insustancial, casi un zombie: el terror. Y digo insustancial porque el terror –según Occidente- carece de cualquier sentido ideológico o reivindicativo, es maldad pura. Volvemos al sentido moral de la historia.

¿Por qué un nuevo enemigo? Porque la caída del muro no trajo, pese a las expectativas halagüeñas, una mejora en la situación económica y social. A poco más de veinte años de aquel suceso tan trascendental, la pobreza ha crecido y las crisis económicas se suceden. Ni en solitario fue capaz el capitalismo de regresar a su época “dorada”; muy al contrario, se embarcó en la huída hacia delante del “neoliberalismo”. ¿Tenía posibilidades de haber actuado de otra forma? Interesante debate que habría que abrir, que tendría que abrir esa cosa que llamamos “izquierda”.

Llama la atención la terquedad de los medios de comunicación en insistir en soluciones ya probadas en el pasado como falsas, pero más que eso, asombra la enorme incapacidad de la gente, incluidas las capas educadas de la población, para encontrar una explicación coherente a todo este desaguisado.

Probemos un par de teorías:

“La película empieza en la Reunificación. La primera idea es que Alemania, en este proceso que ha sido calificado por Fontana o Krugman como el de la Gran Desigualdad, estaba retrasada. En Europa, desde los años 70, asistimos a una gran ofensiva del capital que se come las conquistas sociales del consenso de posguerra, tanto en Europa occidental como en Estados Unidos. Empezó con Carter y siguió con Reagan y Thatcher en Inglaterra. Pero Kohl no pudo hacer lo mismo porque estaba en la primera frontera de la guerra fría. Tenía enfrente una república democrática alternativa, cuya imagen de marca era el estado social. Esto obligó a la RFA a adoptar un capitalismo marcadamente social, que se acaba con la Reunificación. En cuanto deja de existir la alternativa, el establishment occidental empieza a tener la libertad de hacer lo de Reagan, Thatcher e incluso Mitterand y los suecos.
Entonces, como los alemanes llegan con retraso, llegan también con ansiedad. En ese contexto, se comen los tremendos costes de la Reunificación, que costó muchísimo dinero. Se habla de dos billones de euros, eso corresponde al 8% del PIB a lo largo de 25 años. Son gastos enormes que explican la obsesión alemana por la austeridad. Además, surge tras 1990 la gran reunificación mundial. Es la nueva oportunidad de marcar un modelo de relaciones laborales diferente. Se incorporó al mercado de trabajo todo el bloque del Este, más China e India. Todo eso dobló el número global de trabajadores. Añadió 1400 millones más de obreros, lo cual alteró la correlación de fuerzas entre capital y trabajo en beneficio del primero.
Alemania el Este se utilizó como polígono de pruebas, con salarios bajos y precariedad. Esto repercutió en Alemania Occidental. Si los sindicatos decían que no a algo, se llevaban la fábrica al Este. Entre el año 90 y 2003 las reformas no fueron todavía posibles porque estuvieron muy ocupados en digerir toda la reunificación. Fue a partir del año 2000 cuando se crea el consenso de Lisboa en Europa, lo de la competitividad y todo esto. Es ahí cuando Alemania comienza a desarrollar con mucho retraso la agenda neoliberal.
Kohl ya había empezado, pero no pudo por razones obvias. Entonces, quién mejor que una coalición de izquierdas para hacer el trabajo sucio. Ahí estuvo el señor Schröder con su Agenda 2010, que impuso el programa de recortes más importantes de la historia de la posguerra alemana. Y en eso estamos. Entre 2003 y 2006 todo son reformas laborales y sociales, que tienen un resultado ambiguo. Porque en Alemania se dice, sobre todo al exterior, que tienen éxito porque han hecho las reformas, mientras que los científicos sostienen que en realidad lo que hubo fue una mejora de la coyuntura general que disparó sus exportaciones. No obstante, ahí está la trampa ideológica: hacen ver que este éxito exportador está relacionado con los salarios más bajos, cosa que no es verdad, y está trayendo muchísimos problemas (…).Alemania creo que es (hoy) un país bastante deprimido. Ocho millones de trabajadores precarios han transformado completamente un país que cuando yo lo conocí a principios de los 80 era ejemplar. En aquella época un redactor de una agencia de prensa ganaba 3000 marcos, el equivalente actual de 4000 euros, y ahora tiene un sueldo de 1200 euros sin seguridad laboral, te pueden echar cuando les dé la gana. El mileurismo ha llegado a Alemania y lo ha transformado todo. La inseguridad, la desigualdad, la injusticia. Todo este tipo de problemas, Alemania los despachaba antes gracias a su relativa nivelación social. Ahora que la ha perdido aparecen problemas psicológicos en la población, hay estudios que lo demuestran, y por supuesto consecuencias económicas. La moral del trabajo en Alemania no es la misma que era hace 30 años”.
Tenga en cuenta el lector que estamos hablando de Alemania, la locomotora de Europa. ¡Qué dejaremos para Portugal, Irlanda, Grecia y España! En este mismo momento hay miles de emigrantes de esos países realizando en Alemania, por un salario miserable, los trabajos que los alemanes no quieren hacer (de igual forma que los emigrantes de América latina en España en tiempos no tan lejanos).
Probemos la segunda teoría:
Vicenç Navarro pone el acento en “la importancia de la relación capital-trabajo en la génesis de las crisis económica y financiera que están ocurriendo en estos momentos”. Al respecto nos dice que el Pacto Social en Europa entre la Guerra y los años setenta permitió al mundo del trabajo un gran crecimiento salarial –condicionado al aumento de la productividad- y el inicio del llamado Estado de bienestar, a cambio de aceptar el principio de propiedad privada de los medios de producción. Las políticas iniciadas por el Presidente Reagan en EEUU y la Sra. Thatcher en Gran Bretaña iban encaminadas a favorecer las rentas del capital, debilitando y diluyendo el Pacto Social. La generalización de estas políticas determinó una redistribución de las rentas a favor del capital y a costa de las rentas del trabajo. Como consecuencia de ello, la participación de estas últimas disminuyó considerablemente (…) creando un enorme problema de escasez de demanda privada, origen de la crisis económica. Esta escasez pasó, sin embargo, desapercibida debido a varios hechos, de los cuales uno de ellos fue el impacto económico de la reunificación alemana en 1990 y el enorme crecimiento del gasto público resultado de las políticas de integración de la Alemania Oriental en la Occidental, que se financiaron con un gran crecimiento del déficit público alemán (…).  Este crecimiento del gasto público tuvo un efecto estimulante de la economía alemana y, por lo tanto, de la economía europea, dentro de la cual la alemana tenía y continúa teniendo un peso central. El segundo hecho que ocultó el impacto negativo que la disminución de la participación de las rentas del trabajo tenía sobre la demanda privada fue el enorme endeudamiento de las familias y de las empresas que ocurrió en paralelo al descenso de las rentas del trabajo. Este endeudamiento fue facilitado por la creación del euro que tuvo como consecuencia la tendencia a hacer confluir los intereses bancarios de los países de la eurozona con los de Alemania. La sustitución del marco alemán por el euro tuvo como resultado la “alemanización” de los tipos de interés. España fue un claro ejemplo de ello. El precio del dinero nunca había sido tan bajo, facilitando así el enorme endeudamiento privado que tuvo lugar en España. Mientras que el sector público estaba en superávit, el privado tenía un enorme déficit que pasó desapercibido debido a su gran endeudamiento (consecuencia de la disminución de las rentas del trabajo). Esta situación, aun siendo muy acentuada en España y otros países periféricos de la eurozona, ocurrió en todos los países de la eurozona. Por otra parte, la elevada rentabilidad de las actividades especulativas en comparación con la de las de carácter productivo (afectada, esta última, por la disminución de la demanda) explica el elevado riesgo e inestabilidad financiera, con la aparición de las burbujas, entre ellas, la inmobiliaria. La redistribución de las rentas a favor del capital y a costa del mundo del trabajo ha creado este enorme problema de escasez de la demanda (causa de la crisis económica) y del gran crecimiento del endeudamiento y de la especulación (causa de la crisis financiera)”.
Buscar las causas que nos llevaron a este desastre, como se ve, no es demasiado difícil, hay mucha literatura al respecto. Pero, ¿por qué esas causas aparecen todavía como un gran misterio para la mayoría de la población? Porque el sistema capitalista ha fracasado en el aspecto económico y social, pero ha triunfado por goleada en un plano inesperado, el cultural.
Los medios de comunicación, que en su enorme mayoría promocionan y justifican al capitalismo, han pasado a ser el segundo poder (popularmente se les conocía como el cuarto) y ahora tienen una misión más importante, son el sostén del poder económico y, por ende, del político.

¿Cómo funcionan los medios de comunicación? Antes que nada, habría que referirse al neoliberalismo, esta etapa del capitalismo bautizada por muchos como feroz, porque ganar dinero es el único objetivo y las ganancias lo justifican todo. España es un buen ejemplo en relación al mundo de la comunicación. Los grandes grupos mediáticos se han quedado, casi en exclusiva, con todo el periodismo. Ya no responden a partidos políticos como en el pasado, ahora pertenecen a la empresa privada y su meta es generar beneficios, para lo que necesitan una audiencia masiva. En una sociedad que justifica todo a través de los dividendos económicos y, muy importante, con un nivel cultural muy bajo, esos beneficios no se logran apelando a la calidad de sus “productos”, más bien todo lo contrario.
Durante los años cincuenta y sesenta del siglo pasado, en plena guerra fría, los medios de comunicación, todavía en pañales, alertaban del gran peligro cultural de un posible triunfo del comunismo: seríamos todos iguales, como arvejas en una lata, sostenían machaconamente. El capitalismo era diferente, permitía las diferencias, los distintos puntos de vista, la originalidad. Se olvidaban de decir que esa era una opinión centrada en USA, desde un país que usufructuaba más del 50% de la riqueza del planeta sin llegar al 10% de población. Así era fácil ser original y diferente.
Traigo el tema a propósito del auge de los medios de comunicación y, sobre todo, de la aparición y desarrollo victorioso de la televisión. Hoy, gracias a ella, todos somos arvejas en la lata. Cualquier “producto cultural” existe si es bendecido por la televisión y los medios. Y nunca mejor usado el término producto (deberíamos usar mercancía), hasta los políticos de “izquierda” se apuntan a la  industria cultural.
En los viejos tiempos los músicos comenzaban tocando en garitos, los escritores ponían negro sobre blanco en los altillos y los pintores pintaban en la calle o en el campo hasta que el boca a boca, la suerte, la casualidad, los convertía en populares. Hoy la popularidad se consigue en los medios y son ellos quienes descubren, forman y bendicen a los artistas. Las masas vienen después, son las arvejas en la lata, meros aplaudidores y, más que nada, compradores. Es la perfecta cultura de masas.

“La cultura de masas es la combinación de los canales de televisión y los grandes diarios que, al mismo tiempo, son dueños de las (radios y) editoriales”.

¿Qué tenemos para oponerles? ¿Por qué no generó la “izquierda”, siendo tan poderosa, sus propios medios?

Vamos al meollo de la cuestión: a la izquierda, a eso que solemos llamar izquierda, nunca le interesó la cultura. Quiero decir, nunca le interesó realmente. Y cuando digo cultura no me estoy refiriendo a cuatro burgueses escuchando conciertos de arpa en una casona de un barrio aristocrático. Me refiero al “conjunto de producciones y relaciones propio de una determinada sociedad humana”. Y para este artículo apelo, sobre todo, a la literatura, porque trabaja la palabra, elemento con el que intercambiamos opiniones, discutimos, tratamos de convencer, estudiamos y aprendemos.
Tomemos para reflexionar dos ejemplos, España y Uruguay. Ambos pertenecen al mundo de habla hispana (el nuestro); son polos opuestos (el primero fue metrópoli y el segundo colonia), pero ambos coinciden, por razones obvias, en estructuras sociales y, por encima de todo, son países inventados y, por consiguiente, en lucha constante por lograr una identidad.
“El retraso del desarrollo económico de España ha debilitado inevitablemente las tendencias centralistas inherentes al capitalismo. La decadencia de la vida comercial e industrial de las ciudades y de las relaciones económicas entre las mismas determinó inevitablemente la atenuación de la dependencia recíproca de las provincias. Tal es la causa que no ha permitido hasta ahora a la España burguesa vencer las tendencias centrífugas de sus provincias históricas. La pobreza de recursos de la economía nacional y el sentimiento de malestar en todas las partes del país no podían hacer otra cosa que alimentar las tendencias separatistas. El particularismo se manifiesta en España con una fuerza particular, sobre todo en comparación con la vecina Francia, donde la Gran Revolución afirmó definitivamente la nación burguesa, una e indivisible, sobre las viejas provincias feudales.”

Los dos problemas, el retraso económico y las tendencias centrífugas siguen vigentes. España vivió una época de esplendor económico a finales del siglo pasado y principios del actual, pero en base al dinero recibido de Europa por la integración, que fue gastado en los pingües negocios de la burbuja inmobiliaria, que enriquecieron a un puñado y hundieron en la pobreza a enorme cantidad de ciudadanos. El paro sigue siendo del 24% y el paro juvenil entre 50 y 60% dependiendo de la región. Cataluña, por su parte, está en pie de guerra por la independencia y el País Vasco a la espera. Ambas regiones, según una gran cantidad de historiadores, son las únicas que han ingresado realmente al capitalismo en España (entendido el capitalismo en esta ocasión como progreso sobre la sociedad feudal).

¿Qué ha hecho el mundo de la cultura en el país?

“Los intelectuales, que habían estado durante dos siglos opuestos al poder, se sumaron al poder político cuando el PSOE ganó las elecciones en el 82”, opina Echevarría, el crítico literario despedido de El País por criticar negativamente el libro de un escritor de la empresa.
Desde entonces la literatura, que había intentado nuevos caminos acabado el franquismo, pasó a plantearse el entretenimiento como objetivo. El cine, por su parte, que había tratado, después de la muerte de Franco, de explicarnos cómo eran los españoles, quiso sumarse al sistema a través de la catástrofe, el thriller, lo macabro. “Tenemos que perder el miedo a salir de nuestros temas locales y hacer un cine universal”, afirmaba hace poco con entusiasmo un director joven, desdiciendo al escritor ruso que cien años atrás afirmaba: “escribe sobre tu aldea y serás universal”. La universalidad, en el caso del joven director, es un cine fácil, que sea entendido en cualquier lugar para facilitar su venta.
Hace unos años se realizaron en una universidad madrileña varios ciclos. Uno era sobre Rafael Alberti y su poesía, otro sobre un cantautor famoso metido a poeta. Para el ciclo de Alberti no se logró el mínimo de gente exigido; para el del cantautor no sólo se llenó la sala: el seudo poeta salió a hombros como un torero.
Nunca en España hubo tantos estudiantes universitarios y nunca hubo tampoco tanta incultura. Parece un contrasentido, pero en realidad no lo es. La educación, aunque sea su punto de partida, no significa cultura. El profesor y filósofo Carlos Vaz Ferreira alertaba, ya a mediados del siglo pasado, de los problemas de la enseñanza: Nos decía que estudiar con una meta –aprobar los exámenes- debilitaba la cultura general que, para él, tenía que ser un deber en el estudiante y ceñirse a un único tema debilitaba, además, el conocimiento. Un primer deber del estudiante debía ser la profundidad: “Mi primer consejo práctico sería que cada estudiante (…), ya desde el bachillerato, eligiera algunas cuestiones –algunas pocas y sin presunción- y procurara ahondarlas (…) Un segundo deber del estudiante consiste en no limitar sus lecturas al círculo de los textos, sino leer libros, en el sentido que estamos dando a esta palabra (que no hayan sido hechos con fin didáctico)”.
Más de medio siglo después nos encontramos con que no ha habido mejora alguna, los estudiantes sólo leen los libros propios de su especialidad y la implicación cada vez mayor entre universidad y empresa exige unos planes de estudio al servicio del mercado laboral. La universidad actual forma empleados.
Muchos políticos insisten en la enorme valoración de los profesionales españoles cuando salen de sus fronteras. Olvidan, eso sí (y quizá no les importe), que ese profesional domina su materia específica, pero desconoce por completo el mundo en el que vive y su propia cultura.
Materias como Filosofía y Latín han sido borradas de muchas carreras y la enseñanza de la Historia languidece. Es lógico en este estado de cosas. Hace poco, en Barcelona, una estudiante se burlaba de sus colegas: ¿Para qué sirve estudiar filosofía?, preguntaba desafiante. Un intelectual latinoamericano, Adolfo Colombres, puede explicárselo: “Jaques Derrida decía que el ciudadano moderno debe tener una formación filosófica para defenderse del totalitarismo y el creciente poder de los medios. Con su capacidad de desmontar los mensajes que deforman y cubren lo real, la filosofía constituye un modo de vigilancia crítica, una nueva razón enfrentada a un irracionalismo cuyo dios es el consumo con el que se hace soñar (por lo común en vano) a las mayorías. No es otra la causa por la que las sociedades industriales y liberales intentan reducir la gravitación del pensamiento filosófico y aislar en los claustros a los que piensan. “Pienso, luego exilio”, ironizaba Atahualpa Yupanqui”.
La izquierda debió enfrentarse con fuerza a este estado de cosas, ¿pero dónde está la izquierda?
Cuando el cineasta británico Ken Loach presentó en España su película Tierra y libertad, un periodista la calificó como una historia de la guerra civil. Loach lo corrigió: “Mi película no es sobre la guerra civil, es sobre la revolución en España, que duró dos años”.
El escándalo fue enorme. Nadie quería enterarse –ni quiere ahora- (y mucho menos la “izquierda” institucionalizada), de que hubo tres bandos en la contienda española y no dos como nos han hecho creer a las generaciones posteriores. La República, durante su brevísima existencia, había tenido serios conflictos con los dueños del país y su brazo armado, el ejército; tanto que sufrió un golpe de estado que no prosperó. Pero también había sufrido el acoso de grupos a su izquierda (anarquistas, trotskistas, independientes) que la acusaban de no realizar cambios profundos, de dedicarse al reformismo. Esos grupos revolucionarios actuaron durante los dos primeros años del conflicto y fueron combatidos, tanto por franquistas como por republicanos.
Este dato es de suma importancia. De haber triunfado los republicanos se habría evitado mucho sufrimiento, pero en el plano político no hubiera cambiado nada, simplemente habría llegado antes el gobierno de Felipe González con otro nombre y otras vestiduras.
La trayectoria del líder del Partido Comunista después de la guerra civil ilustra perfectamente lo que digo (omito nombres porque no quiero individualizar, fueron cientos de miles quienes siguieron su mismo camino). Ferviente stalinista, no ahorró elogios en persona al líder del régimen, e incluso llegó a pelearse con su padre por defenderlo. “Esto es lo que quiero para España”, decía a principios de los 50 desde los países del “socialismo real”. Vuelto a España en los 70, abraza con fervor el eurocomunismo, que era ni más ni menos que la aceptación del capitalismo (eso sí, con rostro humano). A principios del siglo actual, poco antes de su muerte, aseguraba en los medios que no había nada mejor que el sistema en el que vivía, el democrático (eufemismo de democracia capitalista neoliberal).
¿Puede esta izquierda institucional siquiera formular algún cambio?
En absoluto. Para empezar, no cuenta con ningún medio de difusión, y por perder ha perdido hasta las paredes, que la ley -que ellos respetan a rajatabla- prohíbe ensuciar. Y para terminar, son parte del sistema, “el mejor”, como decía el líder. A veces tienen algún reparo, pero menor, no hay que asustar a los votantes.
Los viejos problemas nunca resueltos han terminado poniendo en jaque al viejo imperio. Cataluña se rebela, el País Vasco espera en la fila. La miseria de casi todo el siglo XX, el hambre, vuelven a instalarse luego de unos años de esplendor económico descontrolado en que se gastó lo que se tenía y lo que no se tenía (más bien lo que no se tenía), resultando de semejante actuación una deuda externa del 100% del PIB. Hoy a la “izquierda” no se le puede decir que la gente vivió por encima de sus posibilidades. Contesta que la crisis no fue generada por el gasto de la gente sino por la banca y el mundo financiero, y tiene razón. Pero eso no cierra el tema del todo. Un obrero de la construcción no puede, en una sociedad dividida en clases sociales, poseer un par de coches, pagar una hipoteca a cincuenta años por su casa, irse de vacaciones y tener televisión de plasma. ¿Por qué? Porque cuando aparezca la crisis, aquellos que hicieron la propaganda para que se metiera en todo eso se lavarán las manos y los deudores, bancos y financieras le quitarán todo, lo dejarán con deudas y encima lo culparán de haber vivido por encima de sus posibilidades. Hay, por encima de todo, un culpable: los sindicatos, que se olvidaron de la conciencia de clase, conciencia fundamental en personas que deben vender su fuerza de trabajo porque carecen de cualquier otro valor. ¿Cómo se arreglaba eso? Acercando a los obreros a los libros, a la cultura, como hicieron los anarquistas en la primera década del siglo XX en Barcelona.
Como consecuencia de todo este desaguisado, España tiene una juventud casi inútil (me refiero al 90%), que en su mayoría no trabaja (60% de paro), que en gran proporción tampoco estudia, y encima viene con el gasto incluido de coche, teléfono móvil e internet.
De lectura ni hablar. Los informes de la Unión Europea sobre comprensión lectora colocan al país en los últimos lugares. Televisión mucha, con preminencia de los reality shows y programas de búsqueda de “talento”.

La cultura es memoria y reflexión, de otra forma no pasa de ser un ejercicio con mayor o menor valor, pero sin ir más allá. Falta en la actualidad reflexión, pero, más que nada, memoria. La información constante, agregada y muchas veces contradictoria, lleva a la distorsión de los temas, al no entendimiento, a la desinformación. El pasado se remite a quince días, a un par de meses como máximo cuando el suceso es de enorme importancia. Después el olvido. Las causas, sin embargo, siguen ahí, cubiertas por un alud de palabras.
Los gobiernos juegan a tomar sus propias decisiones, a ser independientes, pero en un mundo globalizado y dominado por el dinero mandan siempre los poderosos. La “izquierda” europea ha pasado a ser exclusivamente electoralista; trata de crecer en el Parlamento y oldida su razón de ser, la gente y sus necesidades, sus penurias.
La cultura ha sido siempre un problema para el capitalismo. “Esta sociedad no inventaría la literatura si no la hubiera encontrado hecha. No se le hubiera ocurrido a la sociedad capitalista inventar una práctica tan privada, tan improductiva desde el punto de vista social, tan difícil de valorar desde el punto de vista económico. Digo la producción del sujeto en su casa, con medios que él mismo puede controlar, que es una cosa que a la sociedad no le gusta nada, porque en definitiva lo que hace falta es comprarse un lápiz, un bloc, papel… En la medida en que el sujeto es dueño de esos medios, la sociedad mira eso con desconfianza –digo la lógica misma del funcionamiento de la sociedad, no digo los sucesos aislados-, la sociedad –esto ya Marx lo discutió-, la sociedad no puede entender este trabajo improductivo, no puede entender algo hecho sin interés económico. El arte sería contrario a esa lógica de la racionalidad capitalista. Y, por lo tanto, la muerte de la literatura sería algo a que esta sociedad aspira. También aspira a que la literatura salga del centro de la discusión, y creo que ha conseguido en parte lograrlo.”   
Justo ahí debía aparecer la “izquierda” para volver a poner la literatura –y la cultura toda- en el centro de la discusión. Quizá no lo haga porque profundizando en la memoria y la reflexión estaría obligada a desenterrar el pasado, a hacer de una vez esa autocrítica que la llevaría a mostrar sus miserias y dejaría a muchos sin carrera ni trabajo.

¿Cuándo abandonó la izquierda a la cultura?

Hay dos hechos históricos que me parecen fundamentales: los asesinatos de Rosa Luxemburgo y Trotsky.
Cuando la Socialdemocracia alemana abandonó sus principios para apoyar al gobierno en la Primera Guerra Mundial, dejó a “los pies de los caballos” a su militante más distinguida pero opuesta a la guerra. Ahí comienza la decadencia del partido que llega hasta nuestros días. Hoy tenemos a sus dirigentes bendiciendo políticas regresivas, xenófobas, racistas.
El asesinato de Trotsky tiene que ver con esa barbaridad deformante que fue (o que es) el stalinismo. No entraré en la revolución en un solo país o temas similares, me gustaría centrarme en el hecho cultural.
“Con mucha frecuencia, y con razón, se ha señalado la pasmosa personalidad de alguien que, mientras dirige el Ejército Rojo en medio del fragor de la batalla revolucionaria, escribe Literatura y Revolución. Es decir: con una mano, apunta los cañones o diseña las cargas de infantería al mismo tiempo que debate la lógica política de las decisiones militares (porque no es un “militarista”, sino alguien a quien la política y la historia han obligado a tomar las armas); con la otra –caso único de apertura intelectual entre los grandes dirigentes revolucionarios– teje palabras para hablar de Tolstoi, Maiakovski, Gorki o Gogol, pero también de Céline, de Silone, de Jack London o de Malraux, y para defender –con las reservas y matices que correspondan, pero defender al fin– cosas tan poco “proletkult” como el surrealismo, la literatura de vanguardia o el psicoanálisis, y en general la libertad más absoluta en el arte, la literatura, la filosofía o la ciencia”.
Durante los muchos procesos y purgas que se llevaron a cabo en los países del llamado “socialismo real” a mediados del siglo pasado, la acusación recurrente era de trotskismo. ¿De qué se acusaba a Trotsky? De ser un “intelectual pequeño burgués”. Mirado en prespectiva parece cómico, si no hubiera sido trágico. Pero lo más relevante de todo aquel período fue que se prohibió a los militantes leer a Trotsky. Se lo hundió en el olvido.
Así se perdió para la “izquierda” esa “libertad absoluta en el arte, la literatura, la filosofía y la ciencia”. ¿Qué quedó? Lo que bendecía el partido, aquello que le convenía. La cultura encerrada entre la conveniencia económica (capitalismo) y la política partidista (stalinismo).
De esa forma llegamos al momento actual.
Mientras tanto, ¿qué pasó en Uruguay?

(Fin de la primera parte)